
Una de las semanas más estresantes de mi ciclo ha finalizado. Noches trasnochadas, cafés cargados (aunque el kirma no s amarga así le eches la lata entera), poca televisión, mucho que leer, trabajos inesperados, rechazos fortuitos, pero siempre harto espacio para vagar (es una variable fija en mi schedule diario). Resulta que tengo la tendencia de inciar las cosas muy temprano, pero casi siempre las termino a última hora. La noche del viernes fue una de esas. Nada especial que contar, lo único que podría ser interesante es que termine con todo lo que tenía que presentar (si es que alguien se interesó por saber si cumplí con mis tareas, presumo que no, gracias por su interés).
La noche del sábado, más tranquilo y sin ganas de nada, es merecedora de un copioso post, muy similar a la vieja gorda, pero aún no la contaré, tal vez para cuando lo haga ya muchos lo sepan y resulté redundante, pero tengo mis razones para posponerlo. ¿Cuáles? Osea, no siempre tengo que dar explicaciones, ¿no? Sólo aguarden (y no es majadería, capricho tal vez).
Antes de eso, al puro estilo de Chespirito, un entremés (xD) con dos protagonistas que no tengo ni la más mínima idea de sus identificaciones. Dos tipos que apenas los vi, lo único que hice fue asegurar mi billetera y cuidar a mi hermana. Es que no puedo evitar ese tipo de apreciaciones preliminares. Estaba de visita con mi hermana y mi madre en la casa de unos familiares en La Victoria, la primera cuadra de la avenida Manco Capac. Para regresar, generalmente un domingo por la noche (casi las 10) los buses están vacíos, pues están cercas de su punto de partida. El cobrador era un caso, sólo llegaba hasta una parte de su ruta habitual, siempre aclarándolo con su verbo florido y elegante (“charlie”) a grito delirante, sostenido al borde de la puerta. Hasta que escuche: que? Tu ni subas oe que vas al cerro y hoy no voy pa’lla. Me quede en out por un momento y reflexiones: ¡por dios! Los cobradores también discriminan. Esa frase fue, amplificadamente, por la cara que tienes, tu vives en el cerro. Si había visto la cara del cobrador y sólo pensé dos cosas: la primera, el grado de conchudez que tenía, y segundo, hay cosas que no se dicen, sólo se piensan (u_U).
Volviendo a los “protagonistas” del relato, comencemos por sus apelativos. Uno tenía todo una pinta de cómico ambulante, el pelo largo medio enrulado, flaco, trompudo, fácil confundible con un amigo de lo ajeno. Lo llamaré “el buen amigo” (después explicaré porque). El otro, más bien, no era tan alto, flaco pero más parecido a un “llamadas llamadas” (esos tipos que casi te obligan a usar su celular encadenado a ellos por 50 céntimos el minuto). Lo llamaré “el caído”.
Resulta que estos dos patas, ebrios ellos, tuvieron la mala suerte de subir con el bus lleno y el tufo reventando. Y para mala suerte mía, se pararon a mi lado (¬¬). En una primera vez, no noté su estado, pero cuando me di cuenta que “el caído” estaba durmiendo en pleno pasillo y “el buen amigo” lo sostenía solidariamente, sólo atine a reírme. No podía hacer más, llegue a pensar en cederle el asiendo, pues me imaginé que tal vez pude haber sido yo, hasta que me acorde de tres cosas: uno, tomaría un taxi; dos, últimamente me estoy cuidando más; y tres, el caído y yo somos muy diferentes. La cuestión es que no lo hice, a pesar que el caído se tambaleaba y el buen lo sostenía, todo un buen pata él (porque muchos en su caso lo habrían dejado en el local chupistico). Sinceramente, no tendría nada de interesante todo el relato, sino fuera porque el caído resucitó y dijo: putamare, la yesica me cago, es ona es una pendeja. Y, como dice una amiga, prendí las “parabólicas”. El caído continuaba: me llega lo que esa ona haga, puta yo tengo otra flaca en Trujillo, asi que me llega, total el destino las cobrara toa, las flacas van y vienen. A lo que el buen amigo respondio: si broer, ya fue, pero ya tamos llegando, agarrate bien. El caído estaba así, prácticamente sostenido del buen amigo que insistía: broer ya ps parate que ya tamos por llegar, ya fue esa cojuda, pero no le digas naa al frank. Entonces el caído dijo: ese weon me llega al pin(…) yo le dije que no quería ver el voley por la yesica, pero el me invito unas chelas y me cago, además era gratis pe. No tengo ni la mínima idea de cómo será la yesica pero mi mente maliciosa la imagina tipo Tula Rodríguez, pero cuando tenía 16 años. El tal frank supongo que será cono Nilver Huarac en plena Movida de Jeanet. Al llegar al Terminal de Fiori, ambos se bajaron, al parecer deberían volver a Trujillo esa misma noche, pues el buen amigo resultaba preocupado de que al caído no lo dejaran subir al bus que tomarían, asi que mencionó que tendría que hacerse el sano (poco probable por la forma de su mirada y caminar). Ambos se bajaron y fueron reemplazados por un par de señoritas, muy hambrientas ellas pues su paquete de tortees fue devorado en una pestañada.
La curiosa sensación que me dio escuchar (sin querer) su conversación, despertó en mi una serie de interrogantes que hasta ahora no he podido encontrarles respuesta. Una de ellas es que no me cabe en la cabeza que el caído tenga dos flacas y yo ninguna. Evaluando respuestas y tomando en cuenta lo que dije antes, tengo una tentativa: el caído es el caído y yo soy yo. Entre las preguntas (muchas de ellas superfluas), también obtuve algunas conclusiones algo certeras. ¿Cuáles? No las puedo decir, sino dirían que soy muy superficial.